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Doñana, un viaje inesperado. Reflejos al atardecer

Para finalizar el "safari" fotográfico de la entrada anterior, nos detuvimos en un canal, río, o lo que fuera (no sé cómo catalogarlo).
Aunque todo pertenece al mismo día, he querido separarlo, porque en el coche todo eran prisas y ajetreos, tratando de captar "la imagen" en cuestión de segundos. Aquí, en cambio, todo era sosiego; las protagonistas las aves con su día a día, y el Sol que se ponía, perezoso.


El canal estaba cubierto por una lámina de agua mínima, no había viento, ni pequeñas olas, y el líquido elemento se proyectaba entonces como un espejo casi perfecto.
Un escenario idílico donde las cigüeñuelas, Himantopus himantopus (L), y otras aves limícolas campaban a sus anchas.


Son curiosas, estas aves. En relación a su tamaño, son las que tienen las patas más largas. Puede que no se aprecie del todo en esta foto, porque una parte de sus extremidades está sumergida, pero cuando el 100% de éstas está al descubierto, resulta todo un espectáculo.


Una vista general del bello lugar:


¿Cuántas aves hay volando aquí? Casi parece que dos...







Mientras, un buitrón encaramado al carrizo observaba atento la escena... o lo que es más probable, buscaba su cena. ¿Qué suculento insecto iba a ir directo a sus entrañas?


Las cigüeñuelas seguían con su cantinela, ajenas al regocijo que despertaban en mí y el resto de acompañantes.




Justo del otro lado, en dirección opuesta, el Sol se cubría con sábanas de nubes, antes de irse a dormir.


Y nos dejaba este juego de reflejos








Nosotros nos retiramos con él. ¡Las aventuras seguirían al día siguiente, y habría que madrugar!


¡Hasta mañana, Doñana!




Una muchacha llamada Itxiar

Hay ocasiones en que en tu cabeza todo cambia de repente. 
En ocasiones, este cambio es apenas perceptible, como un resorte enmohecido que por algún motivo se pusiera en marcha, como un botón que se presiona en tu interior mientras suena como un "clic".
Otras veces puede ser más parecido a una fuerte explosión, a una sacudida que de repente azota tu mente.

Y puede ocurrir en cualquier momento, en cualquier lugar y en cualquier circunstancia. Puede ser una situación, una canción, una frase, un instante de fugaz revelación... 

En este caso, se trata de una persona, de nombre Itxi. Narrar aquí las arcaicas estructuras que, sin querer,una a una, ha logrado derrumbar dentro de mi mente, sería algo imposible; por la magnitud de los hechos, por lo profundo y lo personal y por un sinfín de pormenores que ahora no vienen al caso. 

Lo que sí puedo, y debo, contar es que uno de esos derrumbes ha sido para con la fotografía.
Hasta hace unos días, yo creía que debía limitarme únicamente a la naturaleza, pues siempre he sentido una conexión especial con ella, y me encantan las fotos que puedo conseguir. Las personas, por contra, no me decían mucho, y hasta ahora he evitado lo máximo posible que aparezcan en el blog. Ahora ya sé que, simplemente, no había encontrado a las personas adecuadas.

Me ha gustado mucho el poder experimentar con una modelo humana (que al igual que los animalillos a los que persigo con mi objetivo, nunca para quieta, así que en el fondo no ha sido tan distinto), y ando muy contenta con el resultado.

No voy a compartir aquí, aunque quisiera, todas las fotos que tomé. Una promesa es una promesa. 
Aún así, tengo suficientes para realizar lo que creo que es una descripción de mi amiga Itxi.

Los cuatro elementos

Aire. Porque es grácil y liviana, como una pluma, y trepa, y lucha contra la gravedad, y se deja llevar como las hojas del otoño, sin perder nunca su esencia.


Agua, porque es adaptable, porque nunca la ha detenido ningún obstáculo y puede fluir por las hendiduras más estrechas. Porque es tanto fuente de vida como fuerza arrolladora.


Tierra, porque sus raíces se hunden en lo más profundo de su ser, porque nunca pierde su esencia, porque conecta con todas aquellas personas sensibles hacia lo humano y lo natural. 


Fuego, porque es enigmática y hechizante, como las lenguas de fuego que consumen la leña en el hogar, porque es cálida y cercana, porque es poderosa como las llamas más fuertes.


Gracias, amiga, por enseñar y compartir, por hacerme mejorar como persona, por todos los buenos momentos compartidos y por los que aún nos quedan. 

Despedida al 2014


No soy una persona muy dada a las alabanzas al año pasado (no en vano, ya lo he halagado a lo largo de sus días y sus noches con las fotografías y vivencias que me ha permitido disfrutar), y no pensaba hacer un recopilatorio de fotografías; ni siquiera me había planteado dedicarle unas líneas. Para mí es una fecha y nada más.
Sin embargo, los acontecimientos de los últimos días del 2014 junto con los primeros del 2015 bien merecen unas palabras. Por eso, aquí va mi despedida a tan buen año, que, puestos a sincerarnos, comenzó siendo uno de los más duros que he vivido, y terminó siendo una explosión de alegría, de saber hacer, de crecimiento personal y de oportunidades. 
Pero volvamos al blog, que es lo que interesa.

Mis últimos días del 2014 transcurrieron aquí, en un refugio entre las montañas de Rasquera, en tarragona. Estas son las vistas desde la "terraza" del pequeño habitáculo, mientras amanece.







Como animalillos curiosos que somos, iniciamos rutas en busca de unas buenas vistas, una buena historia... y algo de luz para templarnos.



Os presento al señorito Taxus baccata L.
Lo de señorito es un decir, probablemente tuviera más años que todos los que estábamos allí juntos. Pero más adelante veréis al padre de todos, y comprenderéis por qué este solo es señorito. 

Los tejos pertenecen a una familia antiquísima, las taxáceas, anterior incluso a los pinos. Existen ejemplares de sexos diferenciados, lo que se conoce como "especie dioica"; es un rasgo distintivo de aquellas plantas más antiguas filogenéticamente hablando.

Todo en el tejo resulta tóxico, llegando a ser mortal, excepto el "fruto", denominado arilo y que envuelve las semillas. La expresión "tirar los tejos" viene directamente de esta toxicidad. Según cuentan, en algunos valles del País Vasco, los mozos enamorados lanzaban ramas de tejo al balcón de la chica a la que pretendían. ¿El significado? Si me quieres, bien, y si no, ahí te mueras con el tejo. Dudo de la veracidad de la historia, pero me parecía curiosa y la quería compartir.

En la actualidad, el tejo es una especie en regresión, dado que su lento crecimiento no le permite adaptarse a las nuevas adversidades y a la tala excesiva, ya que su madera ha sido apreciada desde antiguo. Por eso, para mí es como una fiesta encontrarme algún ejemplar de tejo, y más si es tan espectacular como los de aquí.



Y justo aquí, un ejemplar de sabina, probablemente Juniperus phoenicea L. 
Como la mayoría de sabinas, es de crecimiento muy lento. Es su forma de adaptarse al terreno donde viven: duros, con suelo pobre, o temperaturas extremas, o escasa precipitación; quizá todo junto. Allá donde nadie más pueda crecer, medrará una sabina. 
Su lento crecimiento le permite crear una madera durísima, recubierta de aceites y resinas protectores, para guarecerse así del ataque de insectos.

Otra joya de la que disfrutamos en el camino. 




Esto no es un árbol, es la rama de un árbol vista desde abajo. Parece un mundo entero, distinto, maravilloso, lleno de posibilidades, suspendido sobre nuestras cabezas.


El día iba avanzando al compás de nuestros pasos...


Estas olas no son de un mar embravecido, son ondulaciones de una balsa de agua para la prevención de incendios. No pude desaprovechar el momento, y tomé la fotografía; me gusta jugar con la perspectiva. 


Habíamos llegado abajo, y repuesto el agua de nuestras cantimploras. Era el momento de dar media vuelta y ascender, ascender, ascender...




En nuestra nueva ruta se interpuso este magnífico árbol, ejemplo de la superación y las ganas de vivir. Por algún motivo, el árbol cayó, aunque sus raíces permanecieron en el suelo. Lejos de perder la esperanza, lejos de languidecer y abandonar este mundo... brotaron estos hijuelos del viejo tronco. Deberíamos aprender todos de este árbol: jamás hay que rendirse.



Llegamos a la cumbre. Las vistas, a ambos lados, eran impresionantes.



La ruta terminó y decidimos ir al pueblo a reponer fuerzas. Encontramos esto en una casa. Me declaro fan incondicional de aquella persona que haya sido capaz de expresar tan bien lo que siento con respecto al mundo natural.


Los días pasan. Y no hay dos días iguales. Si las luces naranjas en la montaña me sorprendieron el primer día, estas esponjosas nubes me sorprendieron el segundo. 







Regresamos a la balsa. Allí reparé en unos helechos. Esta fotografía muestra el envés de la hoja; las manchas amarillas contienen numerosas esporas. Se denominan soros. Cuando las esporas están maduras, el soro se abre y éstas se liberan.


Y otra vez, me dediqué a jugar con el agua, la perspectiva y los reflejos.




La tarde iba llegando, jugueteaba con las luces.



Muestra del frío, una pequeña lengua de hielo. Resultado de una fuga en la fuente y del frío del lugar. Donde vivo no acostumbra a helar, por lo que fue muy agradable poder tomar estas fotos.



¿Recordáis al tejo señorito? Lo prometido es deuda, este es el padre de todos.
Imposible describir el sobrecogimiento, la fuerza y la alegría que me transmitió estar bajo sus ramas. 



Mientras por un lado las raíces abrazan una roca, por otro salen numerosos hijuelos de la base del tronco del tejo. Impresionante combinación.



El sol se escondía...


... los últimos rayos de luz bañaban el paisaje...


... y al fin llegamos a la gran cueva, que pudimos explorar.



Pese a la ausencia de luz, seguíamos andando...


 



Desde aquí se aprecia el fin del día y del año, y las puertas abiertas del pequeño refugio. En ese momento, entre la calma, la buena compañía y el bello paisaje, te das cuenta de que no necesitas grandes lujos para ser feliz. La verdadera felicidad consiste en conectar con una misma, y con su alrededor y con la gente que te quiere. 



Las montañas vecinas se tiñeron de púrpura para nosotros.






Y la luna nos iluminó.


Ya en el refugio, encendimos una hoguera. Junto al fuego, calentándonos, comenzamos a preparar la cena. No se necesita más, nada. La calidez del hogar, la sencillez de un plato de arroz y la sonrisa amiga.
Este fue mi último plato del 2014. De los mejores, pues pocos han tenido un significado tan profundo para mí.

Me despido con unas imágenes del crepitar del fuego. ¡Feliz año a todos!