Psicodelia en el Parque Regional del Sureste



La composición de esta fotografía y de toda la serie que la acompaña es la que le da nombre a la entrada de hoy. Y es que la luz del mes de noviembre, la quietud de las aguas y la magia del momento hicieron que este macho de pato cuchara (Anas clypeata) pareciera el protagonista de un cuadro casi abstracto.

 

Vayamos por partes. Era el 15 de noviembre del 2017. Un miércoles cualquiera.
Es lo que tiene trabajar los fines de semana, vas al revés de todo el mundo, para lo bueno y para lo malo. Para muestra de lo bueno, un botón: una amiga y yo decidimos poner rumbo al Parque Regional del Sureste, a la altura de la laguna del Soto de las Juntas (Madrid). Toda la laguna era nuestra, podíamos campar a nuestras anchas y disfrutar del espacio y del momento.
Los colores eran envidiables, salidos de la paleta del mejor de los pintores.
 

Los cantiles yesosos vigilan las aguas y le dan al paisaje un aire pintoresco.


 Aquí y allá, entre la vegetación dulceacuícola aparecían algunas anátidas que nos daban la bienvenida. En la imagen, un par de fochas comunes (Fulica atra)


Unos cardos, probablemente Carduus pycnocephalus, ya secos, contrastaban contra el agua.
Nunca he entendido esa expresión de "ser más feo que un cardo", cuando sus flores son de lo más bonito que te puede regalar el borde de un camino.
Y a estas alturas del año, y sobre todo en los meses de septiembre y octubre, son el alimento perfecto para aves granívoras como los jilgueros. ¡Lo tienen todo!



Los chopos (Populus alba) se resistían, pese a lo avanzado de la estación, a perder sus hojas.


Seguimos avanzando y disfrutando del paisaje.


Me llama la atención el contraste tan natural con las estelas de los aviones.



¿Deberían estar ahí? Es más, ¿deberían, siquiera, estar en nuestros cielos?



La gama de colores es perfecta en esta época del año.


La felicidad tiene cuerpo de senderista.


Decidimos detenernos un rato, a disfrutar de los colores. Mi amiga es una gran artista y yo una amante de la fotografía. ¿Qué otra cosa íbamos a hacer?
 



Una pluma que flotaba grácilmente en el agua fue mi siguiente objeto de atención.





Algo llamó nuestra atención. ¿Qué era esa línea blanca sobre las aguas?


¡Una bandada de gaviotas había llegado imperceptiblemente (cosa complicada para las gaviotas, son unos seres endiabladamente ruidosos) y se había apoderado de media laguna!


A la sombra de los chopos, entre la hojarasca y las hierbas verdes, una especie de hongo parecido a un boletus (oh, Marieta, qué floja andas en micología) pugnaba por abrirse paso a pesar de la escasez de lluvias.
 

La naturaleza tiene mensajes muy positivos. Y es que impera más el salir adelante y vivir que el quedarte cómodo. Si esta seta hubiera querido quedarse cómoda, no hubiera crecido tanto pese a la sequedad del ambiente. 
Cuando me siento perdida, recuerdo estas enseñanzas y sigo adelante.
 




En un entorno así, incluso los troncos muertos tienen su punto de belleza.



Habíamos escuchado ya varias veces un sonido de procedencia incierta que, además, no relacionábamos con nada. ¿Qué podía ser?
Mi amiga miró al cielo: ¡son grullas!
 

En su periplo hasta tierras más cálidas en África, las grullas (Grus grus) habían decidido atravesar estas tierras. Siempre disponen su trayecto de modo que cada poco tengan una laguna disponible en la que parar a alimentarse y a reponer fuerzas, a veces incluso durante unos cuantos días. Creo que no es el caso de esta laguna en concreto, por lo que me alegré todavía más de verlas.
 

Una nunca se acaba de acostumbrar a estar lejos de la terreta. Por allí no hay ni cigüeñas (una de las estampas más típicas de la Comunidad de Madrid) ni grullas de paso. Por eso me resulta tan difícil relacionar su sonido con su presencia.
 





 Las grullas se fueron y nosotras seguimos con nuestra senda. No sé bien dónde, ni cómo lo encontramos, pero ante nuestras narices apareció un hide y hasta allí que nos fuimos.

Allí nos esperaba el pato cuchara, el mismo que ha abierto esta entrada.


Nos pasamos un largo rato perdidas en el juego de luces y ondas del lago contra el pato.




En las fotografías no se aprecia, pero logré tomar un vídeo al respecto. Debo averiguar cómo subirlo.
El caso es que este macho se percató de la presencia de una hembra. Cada vez que ésta se acercaba, comenzaba a girar sobre sí mismo en el agua, incesante, durante minutos y minutos. Sólo cesaba cuando la hembra no le miraba.
Más tarde se le unió un segundo macho. Y ahí estuvieron durante a saber cuánto tiempo, girando como posesos, mientras la hembra capuzaba de vez en cuando, se comía algunas algas, los miraba, se acicalaba, volvía a capuzar...
Lo extraño de la estampa, sumado al efecto de los colores y las ondas, nos hizo sumergirnos en una especie de mundo psicodélico. Mientras, los patos cuchara seguían girando.
 



Cuando acabó el frenesí giratorio, el macho decidió cruzar el charco y picotear entre los juncos verdes. Todavía me sorprende cómo pudo llegar en línea recta, con tantas vueltas encima yo hubiera sido incapaz siquiera de ponerme en pie.
 

 



Nos despedimos del pato cuchara y las ondas en el agua (mi mente lo agradeció bastante) y volvimos a admirar la belleza del paisaje.
 

Llegamos a las puertas de un centro de educación ambiental. Un chopo negro (Populus nigra) guardaba el acceso acompañado por este vistoso hongo, que llamaba la atención desde varios metros de distancia. 
 


De repente... ¡escultura!
¿Qué rayos hace esto aquí?
Un maltrecho panel explicativo indica que se trata de la reconstrucción de una especie emparentada con el elefante actual, cuyos huesos se encontraron en la zona. 
Es un buen motivo, pero desentona bastante. No hay más reproducciones, y eso que fueron numerosas las especies que se encontraron en su día. Parece una oda al "ya invertiré en educación más adelante", que se quedó en eso: una escultura, una foto para el periódico y un abandono posterior.
Sea como sea, me pareció curioso verlo y por eso lo comparto por aquí.


¿Y esto?
Otra sección de la laguna, donde vinieron las fochas a jugar con el lienzo del agua.
 


Para mí, dos son las cosas más hipnóticas del mundo: una hoguera crepitando y un curso de agua o un océano fluyendo.














Las flores del carrizo.


Mientras observábamos a las fochas esta simpática avecilla (¿un mosquitero quizás?) se dedicaba a observarnos a nosotras.
Durante un instante nuestras miradas se cruzaron...


... y presa de una súbita vergüenza, salió volando.


Más patos cuchara se unieron. ¿Comprendéis ahora el título de la publicación?









Nos alejamos del mágico influjo de las aguas y nos dejamos hipnotizar por la belleza de los chopos.



Este ejemplar de intrincadas ramas llamó poderosamente mi atención. Pasé un largo rato disfrutando de su forma...
 

... sus colores...

... la disposición de sus ramas...


Y no estaba sólo, varios chopos más crecían y pintaban el paisaje de otoño.


Y con esta fotografía acabamos la entrada de hoy. Pronto habrá una segunda parte de esta bella jornada. ¡Nos vemos pronto!